Manos que ven

El viejo tren de cercanías se detuvo en el apeadero con un ruidoso chasquido y el fuerte chirriar de los frenos. Arthur ya estaba preparado en el pasillo al lado de la puerta, con su equipaje; se bajó cuidadosamente, más pendiente de no golpear sus bártulos que de lo que tenía delante, y los fue dejando en el suelo, a sus pies.

No hacía falta fijarse mucho para averiguar a qué le daba más importancia, lo difícil era adivinar qué guardaba en los bultos, tan extrañamente empaquetados.

Rebuscó en su mochila hasta sacar un mapa en el que sujetaba con clips una serie de folletos propagandísticos, seleccionó el del lugar donde había hecho la reserva para alojarse las próximas dos semanas.

Una minúscula cabaña en mitad del bosque, con limitadas comodidades debido a su lejanía de todas partes. Pero eso era precisamente lo que le había seducido.

En la contraportada del folleto estaba escrito el lugar donde podía recoger las llaves de la casa y del todo terreno también alquilado, así como el nombre de la persona en cargada de hacerle la entrega, junto con una serie de provisiones concertadas de antemano.

- Disculpe... -le increpó a una mujer que se cruzó con él- ¿podría decirme por donde queda esta tienda?.

La señora apenas necesitó echar un vistazo para darle razón.

-¡Sí claro! Está muy cerca, según sale de la estación, va hacia la derecha, y en la segunda calle enseguida verá el letrero. ¿Necesita ayuda con todo eso? -le dijo señalando su equipaje-.

Arthur se negó sonriendo, sorprendido por su amabilidad, pero por nada del mundo dejaría que nadie tocara su equipo.
No tardó en encontrar el local ni en reconocer, aparcado en la puerta al jeep que venía a buscar, a primera vista parecía en buenas condiciones.

El local resultó ser una tienda de ultramarinos, con amplios escaparates en los que se exponía de toso, desde fruta fresca, pasando por todo tipo de latas y botellas, hasta aparejos de pesca, alpargatas e incluso botes de pintura, todo ello colocado en un orden extraño, pero lógico, ya que nada parecía estar ni descolocado, ni en su sitio.

Al empujar la puerta para pasar al interior, sonrió al escuchar el esperado tintineo de la campanilla que estaba seguro que sonaría.

-¡Buenos días! - dijo según se acercaba al mostrador.-

El dependiente era un hombre de mediana edad de apariencia pulcra y eficiente que daba una gran sensación de seguridad, respondió de inmediato.

-Buenos días, usted debe ser Arthur, que viene a buscar las llaves de la casa, ya tengo preparado el pedido, acompáñeme, le ayudaré a cargarlo en el jeep.

El resistente todo terreno daba saltos y más saltos por el accidentado camino forestal que, esperaba, le condujera a la cabaña. Ya se lo habían advertido, el tramo era muy malo, y cuándo llovía mucho se hacía intransitable. Pero su alojamiento contaba con un generador independiente de electricidad y calentador de agua, gozaría de total autonomía.

Cada curva era una tentación para detenerse, tanto para dar un descanso a los amortiguadores, como para hacer una vista preliminar de lo que le rodearía en los próximos días.

Era fantástico, kilómetros y kilómetros de bosque, vegetación en estado puro, un rincón virgen, sin explotar, posibilidades para sus manos y alimento para sus sentidos. Pero su atención tenía que concentrarse en los baches que tenía delante y en el desvío que no podía perder, le habían dicho que era fácil despistarse y pasar de largo.

El desvío no era tal, si no una simple abertura en el borde del camino, un corte en la vegetación de la anchura justa de un coche, cuyo curso serpenteaba a lo largo de un kilómetro escaso, desembocando en un claro, en cuyo centro se encontraba la coqueta cabaña.

Exteriormente estaba tan bien cuidada como le habían dicho, tres escalones subían a un pequeño porche, sin barandilla, únicamente unos postes tallados, semejantes a columnas de un metro de altura, que le daban un aspecto de seguridad muy original.

Las contraventanas estaban cerradas, todas menos las del piso superior, cuyos cristales también se encontraban abiertos para airear la casa, tal y como le había dicho el dependiente que estaría; de una de ellas asomaban unas blancas cortinas de chantillí movidas por el viento.

No quiso esperar más, apenas se había apeado del coche cuando empezó a desempaquetar una de sus valijas; de ella sacó un enorme cuaderno y un tapete envuelto, lleno de lápices y carboncillos. Todos ellos, meticulosamente ordenados y afilados, listos para un uso urgente, como ese.

Apoyado en el capó del jeep y de cara a la casa, entró en una especie de trance en el que sólo existía el blanco papel y lo que quería plasmar.

La respiración ralentizada y los ojos fijos a intervalos en la casa y su cuaderno, sus manos sujetaban el carboncillo con suavidad, realizando trazos lentos, meticulosos, esbozando en líneas generales la protagonista de su obra, pendiente de los pequeños detalles con paciencia, sin prisas, alternando entre la casa y el paisaje de fondo, la vegetación que la rodeaba; los árboles en movimiento quedaron fijos en su cuaderno, luces y sombras les confirieron un aspecto vivo, casi se les podía ver crecer...

Todo lo que vieron sus ojos quedó representado, ocupando la totalidad de la lámina.
Guardó su obra con un suspiro de satisfacción, y continuó con la labor de desempaquetar sus pertenencias, y habitar lo que sería su hogar en las próximas semanas.

El interior era austero pero confortable, los muebles aunque bien cuidados, denotaban el paso del tiempo y su uso. El estrecho ropero al lado del espejo de la entrada, lucía algún arañazo en los bordes, eso y un paragüero de latón eran la única decoración.

Un tramo de escaleras en el frente conducían al piso superior; Pero primero quería ver la planta baja.
A la derecha una puerta de doble hoja acristalada, cubierta con visillos de encaje blanco daba paso al salón; La única alfombra estaba debajo de una mesa, casi en le centro de la habitación, rodeada de cuatro sillas talladas que habían visto tiempos mucho mejores, aún así, mantenían su firmeza.

En la pared frontal, había una chimenea con varios troncos en su interior, listos para ser prendidos. Frente a ésta, a una distancia prudencial una mesilla baja, y en torno a ella un sofá de dos plazas y sendas butacas individuales, que se codeaban con dos lámparas de pié ahora apagadas, de un estilo muy pasado de moda, pero totalmente acorde con la habitación.
Abrió las dos contraventanas para dejar pasar la claridad del día y salió dispuesto a explorar la puerta de enfrente, situada a la izquierda de la entrada, y lo que supuso, sería la cocina.

Igualmente vieja y funcional, el fogón, la nevera y el calentador, eran pequeños, pero estaban en marcha, el generador hacía su trabajo. El agua corría a raudales, con mucha presión y limpieza.

En la pared de la derecha había una ventana, y una alacena con vajilla suficiente además de útiles de cocina. Y en la de la izquierda había otra puerta, que conducía a la parte trasera d la cabaña. A su lado otro armario que supuso haría las veces de despensa, pintado a mano de color blanco con adornos azules. Guardó las provisiones allí.

Subió las escaleras hacia el piso superior con su ropa y accesorios de pintura, y no se sorprendió al no oír ningún crujido, realmente estaba en buenas condiciones.

El dormitorio era muy amplio, una gran cama de hierro con dos mesillas a cada lado adornadas con tapetitos de encaje y sendas lamparillas.

El armario ropero era enrome y en una de sus puertas había ropa de cama así como toallas limpias. Tampoco tenía alfombras, pero en un rincón había una antigua estufa de leña cuyo tubo chimenea desaparecía en el techo, seguramente anexo al tiro principal.

El cuarto de baño contiguo a la habitación, estaba reformado, y en él destacaba la gran bañera con forma de riñón en una esquina. Era la única nota discordante de toda la casa, pero le causó una gran satisfacción.

Salió de la cabaña con el paso ligero y decidido, su carpeta de dibujo, y en una pequeña mochila, entre otras cosas, sus lápices. Dispuesto a explorar los alrededores y esbozar algún que otro rincón.

Pero los alrededores no fueron muy amplios, todo le llamaba la atención; esos matorrales entrelazados, un tronco podrido en mitad del claro medio cubierto por el musgo y rodeado de verde hierba. Frondosos árboles, ramas llenas de vida cuyas hojas atrapaban el sol y jugaban con el viento...

Láminas y más láminas fueron cubiertas por todo aquello en que su vista se posaba, lo mismo podía ser todo un encuadre, como un solo macizo de hojas al final de una rama.

Un movimiento extraño le llamó la atención, alguien se ocultaba en los alrededores, alguien que le había estado espiando. No había visto quién o qué, tan sólo lo había percibido por el rabillo del ojo, justo cuándo cambiaba la mirada de sitio, pero lo había visto, no había duda. Sus ojos estaban acostumbrados a ello, no se confundirían. Y no era un animal del bosque, era “alguien”.

-¡Hola!! - gritó – no te escondas, sé que estas ahí, te he visto!.

Silencio...

Había perdido la concentración así que dio por terminado el trabajo; ese alguien, quien fuere, no parecía dispuesto a dar la cara, así que encogiéndose de hombros, guardó sus lápices y carboncillos y emprendió el camino a la casa.

Después de cenar, esa misma noche, sentado en el sofá del salón, y con una copa de brandy en la mesa junto a la cafetera, revisó sus dibujos, como hacía siempre, observando los detalles que su mano había ido forjando instintivamente.

Y fue en ese segundo vistazo cuándo lo vio. Estaba en una lámina completa, escondido entre el follaje, casi disimulado con éste, formando parte de él, pero tan nítido como los propios árboles, sus ojos lo habían visto y sus manos registrado, aunque su yo consciente no.

Era cierto que alguien le había estado mirando, ahí estaba ese rostro, no era más que eso, pero su mirada clavada en él, incluso ahora en el papel, lo demostraba. Un rostro joven, inidentificable como hombre o mujer, tan integrado en la naturaleza que ni siquiera al ver el dibujo en conjunto lo había visto, tuvo que ser ahora, al observarlo encuadre por encuadre con ojo crítico, cuando se había dado cuenta.

Pasó varios minutos con la vista clavada en esa faz, memorizándola, adivinando su ser, pasando el índice acariciador por su contorno...

Entonces se le ocurrió: ¿estaría en los otros?...
Cogió otra lámina y la miró con detenimiento, sabía qué buscar aunque no supiera dónde. Y la encontró. La misma cara, distinto ángulo, distinta expresión. Pero la misma mirada fija en él.

Otra lámina, otra, otra... estaba en todas, incluso en la primera que hizo, la de la cabaña. Era asombroso.

Había descartado las concretas, esas que tenían una sola rama, aquel tronco partido, o el rosal silvestre enredado con la zarzamora.

Pero por imposible que pareciera también estaba allí, en el juego de luces y sombras de los árboles, en el nacimiento del musgo...

Medio aturdido por el descubrimiento, salió al porche y los sonidos de la noche le rodearon como una canción cantada a destiempo, invitándole a perderse en su interior y sus misterios.

Un extraño relámpago le regaló una visión, en medio de la oscuridad en la linde del bosque, vestida únicamente con plantas, el pelo corto y enmarañado, con innumerables hojitas y pequeñas ramas enredadas.

En pié, erguida, majestuosamente bella, una diosa de la Naturaleza. Ceinwen la del arco, la cazadora.

El instante de luz pasó y la oscuridad se hizo más intensa y opresiva, un mal presentimiento lo sacudió de arriba abajo.

-¡Eh, espera! Ya te he visto - gritó – no desaparezcas, por favor.

Un aura luminosa de nuevo la hizo visible, solo para aterrorizarlo. La diosa había tensado su arco, cargado con una mortal flecha verde, apuntando directamente a su corazón. No había error posible ni posibilidad de escape, esa flecha llevaba su nombre y su último día había expirado...

-Vas a matarme -le dijo con aparente calma- y no preguntaré por qué, sólo quien, si tienes a bien decírmelo.

La flecha seguía firme y la cuerda del arco tensa, no había vacilación alguna en sus manos ni piedad en su mirada, sólo sus labios se curvaron un instante en una leve sonrisa. Entonces habló ella con su voz de diosa, apenas un susurro que, a pesar de la distancia, pudo oír claramente en su oído, sintiendo incluso la calidez de su aliento en la mejilla y el aroma del bosque se pegó a su piel.

-Tu me has visto, sólo las criaturas del bosque pueden hacerlo y sólo a ellas les doy caza. Hoy, tú eres mi presa. Arthur el de las manos que pueden ver. Conóceme como Ceinwen, la Cazadora.

Vio salir la flecha disparada mientras oía estas palabras, letalmente veloz y sigilosa, la sintió atravesar su carne y llegarle al corazón, abrazándola éste como se abraza a una amante.

El mundo giró ante sus ojos y la oscuridad le llegó con la muerte, sus últimos sentimientos fueron de orgullo y satisfacción, y con ese placer expiró.

Fue consciente de todo ello y lo saboreó, sabiendo que, hasta eso desaparecería para dejar sitio a la frialdad de la no-existencia, y, desde la nada, pudo oír su voz como un eco.

-”No todos han de morir, la diosa recompensa ciertas virtudes, y las tuyas me satisfacen”.

La flecha verde que había acabado con su vida, penetró aún más profundamente en su corazón, empequeñeciéndose hasta no ser mas que un minúsculo punto, pasando a formar parte de él. Comenzó a latir infundiéndole un nuevo ritmo cardiaco, devolviéndole al mundo de los vivos, haciendo de él desde entonces y para siempre, un hijo del bosque, una criatura de Ceinwen la del arco, la Cazadora.