Un silbido y nada más

Un silbido y nada más..., un silbido y luego la luz más intensa, la eterna guía de las almas...

Instantes después iba adentrándome sin esfuerzo alguno, cual singular nadador, por un túnel de longitud infinita, rodeándome una sustancia líquida, traslúcida, aunque a la vez producía un gran estado de bienestar. Lentamente me habitué al medio, y pude dedicarme a observar mi entorno. Cual fue mi sorpresa, que al girar mi cabeza hacia las paredes de la galería estas se disolvieron para crear una especie de pantalla acuática en la cual iban formándose unas difusas al principio, mas luego nítidas, imágenes.

Me vi a mi mismo en mi más tierna infancia, cuando todavía no había descubierto lo cruel que es la miserable existencia, corriendo a través de un espeso bosque de coníferas al encuentro de no se qué esperanza. Todavía tenía esperanza... sonreí al verme...

El niño que era yo se fue disolviendo para dar paso a una habitación repleta de libros, eterno conocimiento que jamás se debería perder, y en la que uno de ellos, sin razón aparente destacaba sobre los demás. En la estancia estaba sentado el adolescente que yo era escribiendo lentamente sobre unos folios. El muchacho parecía estar pensativo, con la mirada perdida, hasta que su mirada se centro en la obra que sobresalía. Se levantó la tras un instante de duda cogió el volumen y apartando las hojas sobre las que escribía, lo abrió, y como si nada más existiese a su alrededor se centro exclusivamente en su lectura. Apenas pude distinguir el título... aunque en realidad lo recordaba.

Paulatinamente la imagen se fue fundiendo en aquel pasillo, para dar paso de nuevo a otra secuencia de imágenes. Vi al joven que era yo... totalmente caído en el suelo, empapado, con una botella de ron entre sus titubeantes manos mientras intentaba balbucear diversas incoherencias. Sus palabras me vinieron a la mente con tanta precisión como la certeza de nuestra mortalidad. - ¡malditos seáis! No hay esperanza, nunca la hubo para mí y por qué sigo en la lucha, será porque soy un perdedor y disfruto con el sufrimiento...- Instantes después el desdichado que yo era se levantaba a duras penas, tiraba la botella vacía al suelo, sacaba dos fotos de su vieja cartera, y tras observar a las dos razones por las que sufrió continúas desdichas, lanzó sus retratos al aire.

La imagen volvió a fundirse y me veía a mi mismo viajando por lejanos países, travesías en largos trenes de vapor por parajes de ensueño, en pequeños barcos tripulados por ágiles marineros... Intentaba descubrir el sentido a mi existencia, mientras esperaba que mi corazón llegase a enfriarse... ay ¡cuanto esfuerzo vano!

Este último conjunto de imágenes tuvieron una duración ligeramente superior al resto y cuando quise darme cuenta de ello, el final del túnel se aproximaba a gran velocidad. Una sensación de inmensa paz interior me rodeaba, y por primera vez en mi corta existencia me sentía feliz.

Una nueva secuencia se formó. Me encontraba en un inmenso templo cristiano cuando vi que dos sombras se iban aproximando a través de las columnas. No sabía lo que hacer en aquel lugar de titánicas dimensiones, no conocía la salida. Escuché aquel sonido inconfundible que tantas veces hube de escuchar en los conflictos africanos. Estaban cargando sus armas. Ambas siluetas se acercaban lentamente... cuando pude distinguirlas... levantaron sus brazos para realizar aquel horrible acto. Salí veloz par intentar evitar que la muerte tomara el control del santo lugar y... un silbido y nada más.
Mientras me aproximaba al final de mi camino, a aquella luz intensa y de insoportable claridad, por una vez me sentí en paz conmigo mismo y cuando iba ya a tocarla con mis cicatrizadas manos... desperté.

Me encontraba en una cama de un hospital, rodeado de aquellos asesinos que me habían traído a este infierno, y deseé haber continuado con aquel viaje sin retorno.