Sueño
Poco es lo que mi maltrecha mente consigue recordar de aquel periodo tan lejano de mi existencia. Tan sólo algunas imágenes, ahora ya borrosas, es lo que persiste, y para que en un futuro cercano, no me consideren un desquiciado trataré de ponerlas por escrito de la mejor manera posible. A veces, el texto resultará un tanto incoherente, mas ¿quién podría soportar tan cruel penitencia sin inmutarse lo más mínimo?
Era tarde, excesivamente tarde y me encontraba sólo, rodeado de innumerables personas, que agitaban sus sudorosos cuerpos ¡ja, ja! Ellos llaman danza a esos frenéticos movimientos sin ningún sentido y que un animal irracional es capaz de repetir con un poco de esfuerzo. Me abría paso con lentitud, mientras los cuerpos bañados de sudor de los “bailarines” rozaban y empujaban al mío. Con gran esfuerzo llegué a lo que debía ser la salida, sin embargo, y tarde me di cuenta, significó para mi ser la entrada al más profundo de los abismos. La pesada puerta se movió flemáticamente y se introdujo en el reino de Hades la “Luz del Olimpo”. De repente, los vapores etílicos sacudieron mi pobre cabeza y aturdido tan sólo acerté a pronunciar un par de estupideces. Marchóse bella y veloz, como la danza de Luthien en el reino escondido, dejando en mi interior las brasas de la perdición. Me quemaban tanto los recuerdos, que el contacto con el frío del exterior no hizo más que aumentar las llamas. Me alejé, sin saber exactamente hacia dónde dirigirme. Quería olvidar, huir, alejarme de su visión armoniosa, de la belleza de su delicado rostro, indescriptible por mi nulo hacer literario. ¡Oh dioses del otro lado! ¿Por qué el destino trazado para algunos mortales es tan cruel, o acaso os alegráis con la desdicha de los hombres? Innumerables lágrimas recorrieron mi lastimada faz, para caer en el olvido junto a mis debilitados pies.
No logro recordar cómo llegué a aquella ladera tan grotesca. La luna creciente era luz suficiente para unos ojos vaporosos como los míos y aunque mis robustas piernas estaban magulladas pudieron responder a las inconexas órdenes que les trasmitía mi cerebro. Caí rendido y con toda seguridad me dormí, ya que lo siguiente que me asalta a la memoria es la luminosidad del Astro Rey alumbrando la escena desde la lejanía: un gran campo, completamente llano, aquejado por las heridas sufridas a manos de la civilización, se extendía desde mis botas hasta donde me alcanzaba la vista. La llanura se hallaba salpicada por unos ensangrentados robles, pero lo más fascinante de toda la onírica situación, era el silencio. En un principio me era imperceptible, mas según iba atisbando un posible camino de salida se fue haciendo cada vez más patente. Perdí toda noción del tiempo en aquel espacio tan irreal. Mis sentidos habían desaparecido casi por completo, sólo la vista se mantenía atada a mi voluntad. Ante esta visión caí presa del pánico, corrí tambaleándome, cayendo gran cantidad de veces y lastimándome las piernas; corría huyendo del silencio, de la pesadilla inaguantable, hasta que agotado y sin fuerzas me dejé caer esperando la llegada de Caronte. No sé por quién fui recogido, sin embargo tuvo que ser alguna divinidad piadosa, pues recobré el sentido junto a una pequeña laguna de aguas cristalinas. Me encontraba rodeado por un paisaje bucólico de gran belleza y percepción, como los que recuerdo de los poemas de la lejana infancia y bajo mi cuerpo una fina arenilla cubría mi calzado. El manso lago me invitaba a sumergirme en él y tras un momento de duda acepté. Sumergido en libertad, nadé y nadé hasta encontrarme al límite de mis fuerzas, ¡tanta era la paz en la cual me encontraba!, mas cuando quise volver a la orilla comprendí que mi senda estaba ya trazada. Un remolino de enormes dimensiones y considerable rapidez me rodeó en un breve instante, y aunque presté toda la resistencia de la que era capaz, fui absorbido girando infinitas veces. Pensaba que sería conducido hasta las estancias de Azrael, cruel demonio de perversidad, donde los tambores de guerras todavía lejanas recuerdan la incalculable miseria de la raza humana. Cerré los ojos, intentando rescatar la imagen de la doncella perdida, de los campos verdes salpicados de rosas silvestres, de la perfumada primavera, del crepúsculo junto al mar... pero ninguna de ellas recorrió el camino adecuado para llegar iluminarlas, aunque una escena se formó ante mí: en un campo yermo avanzaba una extraña procesión, aproximadamente una docena de individuos ataviados con ropas de una tonalidad oscura, casi negra abrían la marcha, cabizbajos, con gran parsimonia y aunque intenté ver su cara, no pude. A continuación cuatro mujeres sostenían sobre su hombro un blanquecino ataúd con runas doradas incrustadas en él que no conseguí descifrar. Portaban una capa plateada dando a la escena un aire de misticismo. Varios minutos después se detuvieron y descendieron la carga para colocarla sobre una altar y tras un instante de duda, las damas se desabrocharon la capa y cubrieron la caja mortuoria con una grave expresión en su rostro apenas perceptible desde la distancia. Seguidamente una de ellas recitó lo que se me antojó una oración, para inhumar el cadáver con posterioridad. Llamas azules y verdes brotaron del infinito que bailaron traviesas sobre el sitial reduciéndolo a la nada, a la única y horrenda realidad de la triste existencia de los hombres. Mientras todo esto ocurría, yo, que me encontraba completamente aterrorizado, me di cuenta que no tenía plena consciencia de me ser físico; no sabía cómo me podía desplazar en aquel espacio, y no era capaz de captar ninguna sensación exterior, por lo que mi vista era el único de contacto con el exterior. Desesperado ante nuevo descubrimiento, intenté recordar la forma por la que había llegado hasta allí, mas fue un nulo intento. Sólo esperaba que la misma misteriosa fuerza que me había llevado hasta aquel irreal destino me devolviera a mi plano original, para evitar todo contacto con aquellos sujetos que me parecían tan extraños, ya que se habían percatado de mi presencia. El fuego rápidamente consumió la caja mortuoria y el pilar se había derrumbado estrepitosamente y aunque no llegaba a explicarme la razón, el ruido provocado por la caída produjo un eco, el cual se prolongó durante un largo periodo de tiempo. Intenté pronunciar algún tipo de sonido, pero ninguno llegué a articular, intenté moverme, mas no sabía como hacerlo. A la vez que todo esto ocurría, las figuras fueron avanzando lentamente. Abría la marcha una joven, diríamos que en pleno desarrollo de la volátil juventud, con su rostro de fina porcelana, salpicado por unos hermosos ojos esmeralda. Su bello rostro era completamente armonioso y un cabello largo y rubio le bañaba todo su rostro. No sé la razón, sin embargo un escalofrío recorrió mi cuerpo, ¡tanta belleza no podía ser completamente humana! Todavía sigo preguntándome qué hubiera pasado de no haber despertado. Y es que cuando la Venus se acercó y me tendió su mano para que cogiera un paño oscuro, desperté.
Abrí los ojos junto a un pequeño río, completamente empapado por el agua contaminada, fruto de una industrialización desmedida. Por lo menos sabía aproximadamente donde me encontraba, y presumía lo que me había sucedido. Tras caminar durante horas debí caer rendido, y todo lo sucedido debería haber sido producto de un mal sueño, provocado quizá por el alcohol. Pero... ¿Cómo estaba completamente mojado? Si hubiera caído al río, probablemente me habría ahogado. Me senté encima de una pequeña piedra, para intentar poner en orden mi cabeza, mientras la luz de los muertos, y los habitantes de la noche, de los poetas, y de los músicos incomprendidos, se reflejaba en el oscuro fluir del río. En todo esto me encontraba meditando, cuando un leve chasquido, como de una rama rota, despertó a mis ya agitados sentidos. Me levanté sobresaltado esperando la llegada de alguien o de algo, suponiendo que sus intenciones no tendrían que ser muy buenas. Tras un instante, el sonido pareció alejarse y resoplé aliviado, mas una intensa curiosidad, heredada por mis antepasados, se apoderó de mí, y tensando todos mis sentidos, me aproximé lentamente hacia el robusto robledal, de donde pensaba que venía el ruido. Tensé todos mis músculos tratando de andar en el más absoluto silencio, mas el destino tenía trazado otra senda bastante diferente. Tropecé sin poder evitarlo, y caí al suelo produciendo lo que quería evitar. Al instante, el sujeto al que perseguía, se dio cuenta de mi presencia y echó a correr. Salí detrás de él, mientras, a voces, rogaba que se detuviera. En ese momento, y se me quedó grabado en la memoria perfectamente, un seco disparo resonó en el aire unos metros por delante de mí, y oí como aquella mujer, porque se trataba en realidad de una componente del sexo bello, gritaba agonizando, debido al dolor. Raudo intenté socorrerla, pero mis escasos conocimientos médicos y la gravedad de la herida hicieron inútiles mis esfuerzos. Cuando ya todo estaba perdido me percaté de quién era aquella mujer. ¡Si hermanos! La dama era la misma que abría la procesión, la hermosa criatura que me había cautivado con sus bellos ojos verdes, con su cabello dorado bañándole su fino rostro... que todavía recuerdo en mis más horribles pesadillas, cuando la veo muerta a mi lado. Lágrimas de odio recorrieron mi sudorosa cara cuando observé que sus inmaculadas manos sostenían la tela oscura. Al cogérsela sus ojos se entreabrieron, y tras percatarse de mi presencia intentó pronunciar unas palabras, sin embargo sólo unos gemidos acertó a pronunciar. Después de unos segundos el intento resultó con éxito y acerté a oír lo siguiente: -¡síguele!... ¡Que yo te esperaré hasta tu llegada en las puertas del abismo luminoso!- y con esto la imparable danzante se la llevó para siempre. Miré el paño y el hermoso bordado que en él había. Un poderoso caballo blanco a galope sobre el fondo oscuro, mas no tuve mucho tiempo para deleitarme, ya que marché seguido en busca del asesino. Al de unos minutos de intensa indagación hallé una vieja pistola en el suelo. Era un modelo anterior al año 83, mas en este caso había resultado mortalmente efectiva. Tras seguir explorando sin ningún resultado, inicié el camino de vuelta desesperanzado, odiando a los dioses que me habían traicionado, que habían diseñado un camino tan cruel para tan beldad criatura. Al llegar allí, decidí quedarme junto a ella durante unos minutos, ya que no sabía lo que hacer. Pero ¡ay de mi persona! al de varios minutos se presentaron unos infames militares, hijos de la despótica y cruel dictadura que gobierna mi país, y aquí me tienes James, esperando el injusto juicio del martes, mientras escribes mis recuerdos.
Dos días después Terry fue acusado de asesinato, y ejecutado ese mismo día.